La dama de oro (2015)

Estamos a punto de entrar en mayo y por fin veo mi primera película de 2015. En el mundo del cine el concepto de novedad no parece tener mucho que ver con la última hora.

En 1938 se produjo el Anschluss o incorporación de Austria a la Alemania nazi como una provincia del III Reich, situación que se prolongó hasta 1945 cuando fue invadida por el ejército aliado. Una de las consecuencias, no la más terrible por supuesto, fue el expolio de las obras de arte, joyas y  otros bienes personales de la población judía. En abril de 1943 el ministro nazi Alfred Rosenberg entregaba un informe a Hitler sobre el botín judío, en el que escribía: “Mi Führer, con el deseo de hacerle feliz para su cumpleaños, me permito remitirle un expediente con fotos de algunas de las pinturas de mayor valor sin propietario y en manos de los judíos…”.

Entre esas obras estaba el Retrato de Adele Bloch-Bauer I, una pintura de Gustav Klimt completada en 1907, un retrato que mide 138 x 138 cm y está hecho con óleo y oro sobre tela marinera, con una ornamentación elaborada y compleja, encargado por Ferdinand Bloch-Bauer, marido de Adele, un rico industrial que hizo fortuna en la industria azucarera.

Hasta aquí la clase de historia de hoy.

LaDamaDeOroCartel

A la muerte de su hermana, Maria Altmann, judía refugiada en los Estados Unidos huyendo del horror de la invasión nazi, encuentra unas cartas en las que hace referencia al retrato de Adele, su tía. Austria acaba de comenzar un proceso de restitución de obras de arte en un inteligente movimieto de lavado de cara internacional y María decide reclamar el cuadro de su tía, entre otras obras. Pero claro, lo que el gobierno austríaco quiere es que parezca que van a devolver las obras, no devolver lo que considera su patrimonio cultural, así que la cosa no es tan fácil. María recurre entonces a E. Randol Schoenberg, abogado novato y amigo de la familia, metido en deudas hasta arriba, recién contratado por una importante firma después de que su intento por establecerse por su cuenta fracasase estrepitosamente y poco sensible al dolor de la población exiliada judía.

Lo primero que voy a destacar por encima de todo es que los europeos hemos nacido con un palo metido en el culo. Como es evidente, la película es americana, y las cortes y los jueces americanos son súper sensibles con el dolor y el sufrimiento de sus ciudadanos, aunque sean inmigrantes, y les favorecen siempre frente al todo poderoso opresor, que esta vez tiene la forma de gobierno austríaco.  Por su parte, las cortes austríacas son frías e insensibles, ajenas a los deseos de sus ciudadanos y deseosas de meterles en eternos e insufribles procesos judiciales en los que nunca saldrán vencedores. Como claro ejemplo, véase a Olivia Silhavy, que hace el papel de la ministra de cultura Elisabeth Gehrer y que parece que no haya echado un polvo en décadas. Bueno, ni ha echado un polvo, ni se ha comido del tirón una tableta de chocolate, ni ninguna otra cosa que implique un mínimo placer.

Ryan Gosling hace lo que puede, pero lo que puede no es suficiente. Mantiene una impertérrita expresión de estatua de sal durante toda la película y, cuando por fin el abogado decide derrumbarse presa del dolor judío, sus gestos alcanzan un nivel de exageración cercano a los de Tom Cruise cuando quiere ponerse profundo. Nada que ver con Helen Mirren, que es una actriz digna, contenida pero expresiva, con un porte austríaco muy bien plantado. La única pega que le pondría es su acento. En la versión doblada no tiene acento alguno. Pero en algunos vídeos que podéis encontrar con facilidad en YouTube de los últimos años de vida de la auténtica María Altmann sí que muestra un ligero deje bábaro a pesar de los años que lleva viviendo en Estados Unidos. No sé qué nivel de adaptación tendrá Helen Mirren con su voz original –malditos doblajes– pero le daría algo más de credibilidad al tema.

Digo algo más porque, a pesar de ser cine y tener que aceptar cada afirmación con muchas dudas, uno de los guionistas es el propio E. Randol Schoenberg, así que la historia está contada, podríamos decir, de primera mano. No es su incursión inicial en el cine. Años antes ya había colaborado en los documentales The Rape of Europe (2006) y Stealing Klimt (2007), éste último contando exactamente la misma historia que la película que nos traemos entre manos.

La película es sensiblera –y yo hiper sensible a lo sensiblero, qué le voy a hacer– y efectista, así que si tienes un día flojo pues se te escapará una lagrimilla. Pero no te preocupes, que enseguida se te pasa.

Mención especial al clíma de tensíon que logran al recrear los recuerdos de María sobre su escapada de Austria, creando una sensación de opresión y agobio sin expresar de forma explícita ninguna forma de violencia, sin sangre y con pocas muestras de humillación a los judíos. Es un acierto que sea más lo que se intuye, o lo que sabe el espectador aún si sus conocimientos históricos son reducidos, que lo que se cuenta.

En fin, que me han entrado muchas ganas de ir a la galería Neu de Nueva York a ver el cuadro. Y estoy mirando a ver dónde se puede conseguir un collar como el que luce Adele, pero creo que no será fácil la cosa. Si sabéis de alguna joyería a buenos precios no dudéis en avisarme.

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