No somos nadie (2002)

Jordi Mollà se mola. Se le nota mucho. Se mola un montón. Se levanta por la mañana y lo primero que ve es su rostro reflejado en los espejos que recubren el techo de su dosel. Jordi Mollà se mira y dice “¡Qué guapo soy y qué culito tengo!”. ¿Cómo he deducido yo todo esto sin haber pasado por su habitación? Porque acabo de ver No somos nadie, película en la que sólo se ven dos cosas: un número infinito de planos cortos y primeros planos centrados en la cara y los ojos de Jordi Mollà y un plano de su culo. Se ve alguna otra cosa, pero no muy destacable. El pene no se le ve porque hay ahí un claroscuro muy interesante que lo oculta. El resto de su cuerpo no le debe gustar tanto, lo tapa con una toga que, por lo demás, debe de ser muy cómoda y fresquita para los meses de verano. O tal vez no. Qué sé yo.

No somos nadie

Salvador es un humilde chico de barrio que se busca la vida en el metro con su amigo Ángel. Pero llega un momento en que la mendicidad ya no funciona. Cuando observan el éxito de todo tipo de telepredicadores, videntes y demás mercachifles que pululan por las televisiones, deciden hacer lo mismo. Se dedican entonces a promocionar un brebaje con poderes curativos, el “Vermut Celestial”, pero acaban en la cárcel. Entonces aparece en escena “Mano Dura”: un reality show donde se decide si personas condenadas a muerte pueden salvarse o no (nunca se salva a ninguno). El presentador, agobiado por la bajada de la audiencia, ve en Salva la posibilidad de levantar el programa. Salva cae tan bien que la audiencia lo libera y lo convierte en un fenómeno de masas.

Mollà se dirige a sí mismo. A mi eso siempre me da un poco de mal rollo, para qué voy a negarlo. Yo no soy siempre consciente de si lo que he cocinado es digerible o no. Me lo voy a tragar igual porque no hay nada más. Pues eso. Claro que luego ves a Clint Eastwood en Gran Torino, o a Woody Allen —aquí podríamos discutir sobre si Allen actúa o no, yo me decanto más por lo segundo— y entonces piensas que bueno, que a lo mejor funciona. Con Mollà no, claro, pero puede funcionar. Actores que queréis meteros a directores: no desesperéis. Puede que os salga bien.

La idea de base es muy buena, no voy a negarlo: mostrar la televisión como un ente capaz de digerir cualquier cosa hasta convertirla en audiencia. Es capaz de lo mejor y de lo peor, pero no tiene consciencia del bien o del mal, ese no es su estilo. Prueba, acepta o descarta con un chasquido de los dedos. Eleva a alguien a la gloria o lo hunde en la más absoluta miseria. Los números mandan. Los números son los reyes. No hay sentimientos de por medio. La televisión es fría, es cruel y le da igual. Luego tenemos a Salvador, que es un pelele que piensa que maneja el cotarro pero de eso nada, no es más que otra víctima encumbrada por las masas que, como ovejas, animan al que les ofrezca más espectáculo, sin pensar en la ética, en la moral o en nada que no sea su propio provecho.

La idea de base es magnífica y Mollà la destroza, la inutiliza y la reduce a la nada con una ambición que demuestra su falta de pericia tras las cámaras. Empezando por los títulos de crédito —una música al más puro estilo clásico con imágenes de una ecografía de fondo, por favor, explíquenmelo—, pasando por los injertos continuos de imágenes de banderas americanas, masas enfervorizas, telediarios de otros países… que dan la impresión de que se ha quedado sin metraje y ha rellenado con lo que ha podido. También hay, por supuesto, alguna escena en blanco y negro, que le da mucho glamour al tema (nótese el sarcasmo). Y no quiero dejar de mencionar esos carteles de “quince días más tarde”, “tres días más tarde”… necesarios cuando no eres capaz de trasladar al espectador la sensación del paso del tiempo con un recurso más inteligente.

La idea de base es creativa e interesante, pero el resultado es un collage mal ensamblado, con actores desaprovechados que parecen caricaturas. No hay continuidad en la historia, hay subtramas endebles mal resueltas, se recurre una y otra vez a un batiburrillo de imágenes intercaladas a gran velocidad, pero lo que falla es la propia historia. Lo peor es que ha envejecido mal, con esos insertos rojos en todas las escenas.

Al final te quedas con la idea de que Mollà tiene los ojos muy azules. Y sí, son unos ojos espectaculares. Pero de ahí no se saca una película.

Si queréis ver esta gran idea bien trasladada a la pantalla, os recomiendo que veáis algún episodio de Black Mirror.

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