Bonnie and Clyde (1967)

Que no se diga que mi ciudad es como un pueblito pequeño en cuestiones de cine. Es cierto, no tenemos ningún proyecto como Phenomena —¡Qué mas quisiéramos algunos!—, pero de vez en cuando surgen iniciativas interesantes, como las proyecciones de cine clásico en pantalla grande de la sala BBK, que este año llegan a su cuarta edición. Que sí, que los asientos son bastante incómodos en comparación con los de una sala de cine tradicional y, como las sesiones son gratis, va gente que no está muy imbuida del espíritu cinematográfico —vamos, que hablan como si no hubiera un mañana para contar cosas—. Aun así merece mucho, mucho la pena.

Este año me he enterado tarde y me he perdido ver Gilda. ¡Qué horror! ¡Qué desgracia! Pero el resto no, esas no me las pierdo. Así que aquí voy con la primera: Bonnie and Clyde.

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Clyde Barrow (Warren Beatty), un atracador de bancos y negocios de poca monta, ha salido de prisión. En pleno período de la Gran Depresión de los años 30 vuelve a asaltar bancos. Conoce a Bonnie Parker (Faye Dunaway), una chica de pueblo que se siente aburrida y que decide acompañarlo. Mientras por una parte desarrollan sentimientos, juntos protagonizan una escalada de atracos y crímenes cada vez más brutales, dejando en sus huidas tras de sí una estela de violencia y de sangre.

Creo que habría que dejar claro que vaya argumento el de esta película, con los dos protagonistas robando bancos en plena Depresión, cuando las instituciones eran ricas en telas de araña, pero de monedas y billetes, nada de nada. Más les hubiera valido irse a robar los colchones de los granjeros, igual ahí hubieran encontrado algún dinero. Pero nada, ellos empeñados en los bancos y así, claro, no salen de pobres en toda la película. Lo que viene siendo tener luces, las justas.

Warren Beatty lleva Botox. No sé si en los años sesenta se inyectaba ya el Botox a mansalva como se ha hecho en los noventa, pero en el caso de que no, Warren Beatty lleva plastilina inyectada en la cara. Es el paso intermedio entre una estatua de mármol y la expresividad de una persona normal. No sabe —o no puede, que a lo mejor es un problema médico y yo aquí echando pestes— gesticular. Y claro, es preocupante porque cada vez que quiere darle emoción al asunto le sale un rictus de media sonrisa que estremece un poco. Es maravilloso el convencimiento que tiene su personaje de que, en esta vida o en otra, su destino es robar y huir, robar y huir sin dejar que nada le haga desistir. La eterna búsqueda del oro de los mayas.

Pero no pasa nada, no nos agobiemos, porque tenemos a Faye Dunaway. Faye es seductora, erótica, sexy. Su entrada en escena quita la respiración. Ayuda que Arthur Penn es un obseso de los primerísimos planos y un fetichista de los labios de la actriz, pero aún así es una introducción espectacular (¿He dicho ya que me perdí Gilda? Snif, snif). Además, su personaje es mucho más interesante, tiene muchos más matices y evoluciona a lo largo de la película, desde ese capricho temprano por dejar atrás su monótona vida, pasando por el momento en que se da cuenta que la vida de criminal tampoco le va a llevar al final que quiere —que no sabe cuál es, por otra parte—, la búsqueda de la aceptación de su madre… Es una carrera desesperada por encontrarse a sí misma, con el único problema de que corre sobre una rueda de hámster.

Como es habitual en el cine clásico, los saltos no explicados —o explicados a medias ya sea a través de la lectura de las noticias en el periódico o a algún comentario que se deja caer— son abundantes y, en comparación a lo que estamos acostumbrados hoy en día, toscos. Además del tema de los primeros planos, Arthur Penn también nos deja discutibles joyas como la escena del reencuentro familiar, filmada con un plomizo y polvoriento filtro, o esa otra donde debieron de cambiar al cámara y al nuevo le temblaba el pulso cosa mala.

Y no nos olvidemos del banjo. Doy por supuesto que el banjo ha vivido momentos dorados en la historia estadounidense, pero ya no. Se acabó. Banjo y thriller son dos cosas que nunca, jamás, deben de ir de la mano. Banjo y comedia, eso puedo aceptarlo. Banjo y serie estúpida tipo Benny Hill, pues también. Pero no me digáis que esta música no rompe cualquier clímax dramático:

Olvidemos el banjo, que para eso está la opción mute del mando a distancia. La película es muy recomendable, un estudio sobre la fama, el poder y el dinero, y la vais a disfrutar.

¿Qué tal si nos animamos a hacer una lista de las películas clásicas que de verdad valen la pena? Yo os he hablado ya de esta y esta, entre otras. ¿Cuáles propondríais?

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