Life Aquatic (2004)

Dentro de mi lista de cosas que harían del mundo un lugar mejor —es una lista que incluye seres mitológicos como los unicornios multicolores, destierra ciertos programas de televisión de la sobremesa y garantiza poder comer a diario pasta boloñesa y langostinos a la plancha sin problemas de sobrepeso o irregularidades en las analíticas de sangre— iría, sin lugar a dudas, obligar a todo el mundo a ver películas de Wes Anderson.

A algunas personas en concreto, se las haría ver en sesión continua durante varios días.

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Tras preparar un plan para vengar la muerte de su colega a manos de un mítico tiburón blanco, el oceanógrafo Steve Zissou (Bill Murray) recluta a una tripulación que incluye a su esposa (Anjelica Huston), a una periodista (Cate Blanchett) y a un joven que podría ser su hijo (Owen Wilson).

Life aquatic es una película muy raruna que tiene una buena dosis de experimental. Para empezar, todos sabemos que a Wes Anderson le encantan los decorados (aquí un artículo muy largo pero con muchas fotos de la revista Yorokobu), pero mientras que en Hotel Budapest había cierta intención de engañar al espectador, de hacerle pensar que —tal vez/quizás/no sé/puede— eran escenarios reales, aquí no. Aquí nos da un garbeo por el interior del barco de Steve Zissou, una suerte de capitán Cousteau pero en cutre y deprimido. Un paseo que es bidimensional, en el que nos movemos por un decorado de cartón. Lo curioso es que no es fruto ni de la falta de habilidad ni de la falta de presupuesto, las dos razones más habituales para este tipo de sinsentido. No. A Wes Anderson le apetece mostrar que todo es mentira, que todo es artificial, y lo fuerza al máximo. Las escenas de acción darían vergüenza ajena si no fueran de Wes Anderson. El uso del CGI sonrojaría a cualquier diseñador de primer curso si no fuera idea de Wes Anderson.

Pero me da lo mismo. Yo quiero vivir en ese mundo de bancos de peces rosa fluorescente, tener en una copa de cristal un caballito de mar multicolor, ver en una noche de luna llena una acampada de medusas eléctricas en la playa y pasar mis vacaciones en un hotel tropical abandonado hace lustros y habitado por pequeños monos de ojos curiosos.

Porque de nuevo estoy atrapado en una historia que, en un entorno de total irrealidad, me hace querer creer en todo lo que veo, lo que experimento y lo que siento. Se dice pronto.

Todo es más raro en Life Aquatic de lo que era en Hotel Budapest —o en Moonrise Kingdom, de la que no he hablado aquí pero que también me parece una imprescindible—. Para empezar, los personajes son el colmo de la incapacidad interpretativa deliberada. Apenas muestran expresiones faciales. Están impertérritos mientras declaman con fingido aburrimiento cada línea del guión. Y tal vez por eso, los efímeros momentos de intensidad, de furia o llanto, se hacen más vívidos y deslumbran entre tanto sosiego. Nota: Cate Blanchett es cuasi irreconocible cuando está morena, Anjelica Huston es otra de esas actrices que desprenden un aura muy rara y Bill Murray es un actor que todavía no sé si me encanta o si le odio. Creo que más de lo primero.

La película se vende como una comedia, pero de nuevo volvemos a Anderson, a esa visión de que la comedia no es algo que conlleve carcajadas sino cierta sonrisa endeble, en muchos casos una sonrisa que oculta una terrible tristeza y melancolía: los personajes tienen mucho de fracasados, de seres que no encuentran su objetivo y vagan picoteando de aquí y de allí, buscando un espacio que poder reclamar como propio. Y esa apatía que muestran no hace más que reforzar el efecto, aunque también nos dejan momentos memorables como la primera conversación entre Murray y Owen Wilson, su supuesto hijo, con la música de Life on Mars de Bowie de fondo interpretada en portugués por Seu Jorge, una tónica que se repetirá a lo largo de todo el metraje —llega un momento en que ardes en deseos de ver al cantante aparecer subido en cualquier escalera, barandilla o árbol, guitarra en mano—.

La película encierra un poco de todo: desde un homenaje a los grandes exploradores en búsqueda de nuevas tierras y especies que tenían más de audacia e iniciativa que de medios, pasando por el desencuentro en las relaciones familiares, que se tornan complejas no porque lo sean, sino porque es lo que esperamos de ellas.

Life Aquatic es una película compleja, extraña, gamberra en ocasiones, mezcla de poder visual y absurdez estilística. Es una película que hay que disfrutar sin refutarla, con mente de niño inquieto y curioso dispuesto a creerse todos los cuentos y engañifas que Anderson quiera mostrarnos, sabiendo que, al final, habrá una sonrisa.

Y a vosotros, ¿Os gustan este tipo de películas bizarras? ¿Y Wes Anderson? ¿Qué otra película suya me recomendarías para seguir con mi particular inmersión en su mundo, además de las que ya menciono? Tenéis los comentarios a vuestra disposición. 

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