Lupin III: El castillo de Cagliostro (1979)

Estamos hechos un mar de dudas: no sabemos si emprender un reto Miyazaki o un reto Ghibli o mezclar un poco las dos cosas, a ver  qué sale. Si nos centramos en Ghibli, nos perdemos la primera película de Miyazaki. Vamos, la que viene hoy a colación. Si nos centramos en Miyazaki, nos perdemos La tumba de las luciérnagas, que ha sido definida como una de las películas de animación más deprimentes de la historia y que, como somos masoquistas, queremos ver. Creo que, de momento, Miyazaki. Aunque no es su primera incursión en el blog, que también hablamos de la —poned cara de “ooooooohhhhh”— magnífica Mi vecino Totoro.

Vamos a ello.

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Lupin, un elegante y atlético ladrón, y su compañero Jigen viajan al pequeño ducado europeo de Cagliostro. Allí ayudarán a la bella Clarice, que intenta librarse del temible Conde Cagliostro, e intentarán resolver el misterio de un tesoro oculto que data del siglo XV.

Es curioso, pero no tengo gran recuerdo de Lupin III. La serie se emitió en España en TeleCinco en 1991, así que doy por supuesto que la vi (en aquella época, las series de anime japonés estaban a la orden del día y yo me las tragaba casi todas. Excepto Candy, Candy. Nunca le vi el interés). Pero no consigo fijar detalles de esta serie de Kazuhiko Kato que narra las aventuras del nieto de un ladrón francés (de ahí lo de III) que, junto con su banda, recorre el mundo robando cosas y escapando de la polícia.

Aquí el fenómeno es menos frecuente, y más reciente en todo caso, pero en Japón es muy habitual que si una serie de anime funciona, hay que hacer productos complementarios, como videojuegos o, como es el caso, películas. Coincide además que es el primer trabajo en largometraje animado como animador de Hayao Miyazaki, aunque ya se sabía de qué iba la historia, porque en 1971 co-dirigió catorce capítulos de la serie.

Lupin III: El castillo de Cagliostro (vamos a dejarlo en El castillo de Cagliostro a secas), mola mucho por una cosa: el castillo. Ese castillo es una construcción imposible desde el punto de vista arquitectural llena de trampas móviles, escaleras, pasadizos secretos que parten de la losa de una tumba, ascensores exteriores de cristal, pasarelas flotantes… Os lo digo en serio: ese castillo, de aspecto europeo aislado en medio de una preciosa campiña, mola mil. No quiero pensar en la de personal que hace falta para limpiarlo, pero ese es otro tema.

Ahí está la bella Clarice —personaje femenino sinsorgo que no hace nada más que colarse por el ladrón a la primera galantería—, a quien el conde pretende convertir en su esposa para quedarse con el poder. En el anime no se menciona, pero se supone que ambos son miembros de la misma familia que en algún momento se escindió. Vamos, que hay cierto grado de consanguinidad muy lejana. Perturbador.

Por otro lado tenemos a Lupin y compañía que van al reino de Cagliostro (a mí me recuerda a Andorra, o Luxemburgo, o algún lugar pequeñito) a descubrir de dónde sale cierto dinero falsificado que anda por ahí en circulación y, ya que estamos, a salvar a la princesa. Lupin es el típico caradura (muy a lo James Bond, en especial en la forma en que trata a las mujeres) que adora meterse en líos porque así la vida es más divertida.

El castillo de Cagliostro deja bastante que desear en el plano visual. Muchos planos de relleno y repetidos para alargar el metraje, algo bastante habitual en las series de anime donde decir que los plazos son ajustados es una redundancia, y una música que no brilla demasiado (la canción inicial, que es la misma que la final, no daba para más el presupuesto, es horrible).

A favor diremos que es entretenida, tiene un guión bien montado, aunque no espectacular, ya apunta algunas manías de Miyazaki como los artefactos voladores y muestra un cierto steam punk incipiente aún no muy destacable, y os dejará de piedra en algunos momentos. Sí, porque la película es para todos los públicos, pero en el doblaje se dice “hijo de…” (sin terminar la frase) y, lo que es más grave, se dice “zorra”. A ver, que no son los insultos del siglo, pero cuando los oyes en medio de una película de dibujos, se te cae la mandíbula y miras al de al lado con cara de: ¿de verdad ha dicho eso? Apuntaba maneras ya la carátula de la película, donde aparece sin razón aparente una señora desnuda huyendo (os prometo en que  en la película no hay desnudos, en serio).

Vamos, que si le tapáis los oídos a vuestros hijos en dos frases, se lo van a pasar muy bien, y vosotros seguramente también.

Calentamos motores para Nausicaä (con dos “aes”).

¿Alguien más se anima al #RetoMiyazaki? ¿O ya las habéis visto todas? En ese caso, ¿cuál es vuestra favorita? Los comentarios, como siempre, a vuestra disposición. 

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