The Wolfpack (2015)

¡Otro documental! ¡Pero dónde vas! ¡Dos documentales ya en lo que va de año!

Y así transcurre mi vida. En un remanso entre gente que cree  que leo demasiado y gente que cree que veo muchos documentales. Porque la gente piensa que los documentales de viajes y animales no cuentan, claro. Esos van por otro lado —en la mayoría de las ocasiones del lado de la siesta, por ser más precisos—.

¿Veis lo que tengo que aguantar?

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Apartados y lejos de la sociedad en un apartamento en el Lower East Side de Manhattan, los hermanos Angulo aprenden sobre el mundo exterior a través de las películas que miran. Apodados “The Wolfpack”, los hermanos pasan su infancia recreando sus películas favoritas con elaborados accesorios caseros y vestuarios. Su mundo se sacude cuando uno de los hermanos se escapa y todo cambia.

Como premisa, este documental es impactante. Siete hermanos —seis hermanos y una hermana que aparece poco, para ser más precisos— viven en un piso cochambroso sin salir nunca. ¿Nunca, nunca? Os preguntaréis. Bueno, nunca, nunca, no. Un año llegaron a salir nueve veces, pero lo compensaron con otro que salieron una y con otro que no salieron a la calle ni una vez en los trescientos sesenta y cinco días (o sesenta y seis, no aclaran si era bisiesto el año de marras). ¿Por qué? Pues porque su padre, peruano, tiene unas ideas muy bizarras en las que mezcla un poco de movimiento hippy con un poco de hinduismo con un mucho de “bebo demasiado y a todas horas” y con algo de “y además estoy mal de la cabeza”. Así que su objetivo en la vida es tener diez hijos con nombres de deidades indias y mantenerles al margen de los peligros de la vida, que son muchos, desde que te tiren un katxi de cerveza en un concierto hasta que te cortes con el papel al pasar la página del periódico.

Pero, ¿no has dicho que eran siete hermanos? Pues sí. Que la fertilidad de la mujer llega hasta cierto punto no es algo que tenga que aclarar, digo yo. Se quedaron en siete hermanos muy altos, muy morenos y muy delgados que duermen todos en el suelo de una habitación. Lo de la decoración de la casa es un poco de vertedero, pero sorprendentemente no parece que esté sucia, solo es que se le cae la pintura de las paredes.

¿Qué hacen estos hermanos durante quince años? Pues estudiar en casa, gracias a que su madre tiene el certificado para ello. Algo que es muy interesante porque, llegados a medio documental, la duda que nos corroe es: ¡pero de dónde narices saca esta gente el dinero para comprar comida! Porque el padre está en contra del trabajo y la madre no tiene ni llaves para salir de casa. Pues resulta que si das clases a tus hijos en casa el estado te paga un dinerillo, supongo que por el que les ahorras de escolarización, y así vais tirando.

Es decir: que además de estar encerrados cual presos en una casa indigna, estos hermanos están manteniendo a sus padres. Muy bonito todo.

¿Qué más hacen? Ver películas. Tienen hasta cinco mil títulos en casa entre VHS y DVD (de temas online no se menciona nada, pero vamos, que ordenadores no se ven y el único móvil que aparece se parece sospechosamente al mítico Nokia 3310, así que os hacéis una idea del nivel tecnológico). Pero es que, además de verlas, las interpretan. Copian palabra a palabra los diálogos hasta reconstruir el guión, se lo aprenden, se montan sus disfraces a base de cartones de cereales y goma de ruedas de bicicleta o yo qué sé y ruedan los planos corriendo por los pasillos de su casa.

Hasta aquí, fascinante todo. Hemos visto a un montón de chicos con unos evidentes problemas de socialización, normal por otra parte, pero que tienen un nivel cultural más que aceptable para la media, con capacidad de superación, inventiva… que demuestran que el home schooling (lo que viene siendo estudiar en casa) no es necesariamente un mal método, con unos padres más bien disfuncionales pero que, sobre todo en el caso de la madre, son puro amor (es una madre amante, está mal de la cabeza pero eso es otro tema).

Entonces es cuando llega el giro. Uno de los hermanos decide un día, sin decírselo a nadie, salir a la calle. Y para no tener problemas, se pone una máscara de plástico y entra en todas las tiendas que se le ocurren. Por supuesto, alguien llama a la policía, le detienen y la historia de los hermanos Angulo sale a la luz. A partir de ese momento, todos los hermanos deciden salir a la calle de vez en cuando y empezar a vivir la vida (también deciden dejar de hablar a su padre en general, ahí hay mucho odio concentrado).

A partir de ese instante a la directora se le va la olla y pierde el control absoluto de todo. Pierde la cronología con saltos hacia delante y atrás que no están nada claros —no ayuda que los hermanos guarden un parecido físico terrible y que vistan parecido—, no sabemos a dónde quiere llegar, si se quiere centrar en los progenitores, en todos los hermanos o en uno de ellos… vamos, que desaprovecha la historia totalmente.

Si a eso le sumamos que el ritmo es más bien soporífero —el de mi lado se durmió, razón que posiblemente influya en esas caras de desidia cada vez que decido ver un documental—, pues te encuentras con una obra que podría haber sido muy interesante, que podría haber encontrado unos matices maravillosos, pero que es poco más que un bodrio con una premisa curiosa.

Una lástima la verdad, pero me queda claro que, en el mundo documental, además de contar una buena historia, hay que tener cierta habilidad para contarla de forma interesante.

Ahora es tu turno: ¿Has visto The wolfpack? ¿Te gustó? ¿No? ¿Algún otro documental —más— interesante que quieras recomendarme? 

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