Adventureland (2009)

He cambiado de trabajo. No veo cómo encajar el ir al cine ahora mismo. Es un momento agridulce. Lo que viene siendo una desgracia del primer mundo. Mientras me reorganizo, se acumulan las cosas pendientes por ver en el salón. Esta semana me he lucido: El documental Tickled, sobre una especie de secta de gente que se hace cosquillas; Thor —no añadiré nada—; La matanza de Texas, película que he visto demasiado mayor y que aún estoy digiriendo porque no sé si me ha parecido un bodrio o si me ha encantado; y Adventureland.

Por cierto, si tenéis curiosidad porque hable de alguna de las otras, no tenéis más que decirlo.

adventureland, acabo de salir del cine, poster

Corre el verano de 1987 y aunque James Brennan (Jesse Eisenberg), un joven recién graduado en el instituto, sueña con hacer un viaje por Europa, la falta de recursos le obliga a aceptar un empleo precario en un parque de atracciones local. Así, James consigue el peor trabajo que nunca imaginó… pero puede que también pase la mejor época de su vida.

O el señor Eisenberg está trabajando un montón, o me atrae de una forma que desconozco, pero esta es la cuarta película del año en la que aparece (también aquí, aquí y aquí). Mucho, teniendo en cuenta que me pone de los nervios con ese hablar acelerado y ese aspecto de ratón de biblioteca encogido.

Tengo una teoría muy extraña sobre Adventureland, que es, con toda probabilidad, falsa: El director ya tenía lista la localización antes de saber que iba a escribir un guión ambientado en el parque de atracciones. No se puede fingir esa colección de casetas de juego trucadas y de atracciones pasadas de moda. Hasta en el año 87, en el que se sitúa la trama, estaban pasadas de moda. Colores pastel mezclados con el óxido de cuando no se exigían las mismas medidas de seguridad que ahora. Claro que entonces tampoco se buscaban emociones tan fuertes.

Adventureland tiene algo que me gusta, pero no logro descubrir qué. Para empezar, dicen que es una comedia y no lo es. Todo lo que no es drama parece que tiene que ser comedia. Y, si no, nos inventamos esa etiqueta de comedia dramática para hablar de lo obvio: que en la vida no todo es alegre o triste, hay momentos y momentos. Tal vez de eso va la película: de obviedades. De adultos que todavía no lo son pero ya han pasado la adolescencia y no tienen muy claro qué hacer con su vida. O lo tienen demasiado claro, pero se dan de bruces con la realidad. Algo de eso le sucede a Eisenberg: acabado el instituto (donde, por cierto, estudia asignaturas nivel análisis del arte que no sé dónde se impartirían en mi país), tiene ganas de darse una vueltecita veraniega por Europa antes de comenzar en la universidad. Un plan estupendo, si no fuera porque degradan a su padre de su cargo y le dan otro con menor sueldo. Así que no hay dinero ni para el viaje ni para el primer semestre universitario.

Planteemos aquí el primer sopapo: ¿por qué cuanto más tienes parece que menos ahorras? Es una familia rica y, en el momento en que pierde su trabajo, se queda sin dinero. ¿Qué tipo de previsión es esa?

Así que Eisenberg, olvidados los planes de cruzar el Atlántico, se busca un trabajo para ahorrar para la universidad. Segundo sopapo: sus estudios tan artísticos no le permiten acceder a ningún puesto más que a cuidador de una caseta de juegos en un parque cutre. Aprendamos la lección, sea la que sea.

Entra en contacto con gente tan perdida como él y que no pertenecen a su clase social. Excepto por Stewart, que va de grunge (como siempre por otra parte) y resulta que es una niña bien que trabaja ahí más por rebeldía que por otra cosa. Y acaban juntos. Sopapo número tres: lo de las clases sociales sí que importa, aunque parezca que no.

En resumen, que es la típica película adolescente de entrada en la edad adulta y descubrimiento interior. ¿Y por qué me ha gustado, si habré visto miles —va, no exageremos: decenas o cientos— iguales? Puede ser que emana cierta dulzura, algo de comprensión por una situación que todos hemos vivido y que, por qué no, recordamos con cierta nostalgia, recordando los nervios que ahora nos parecen absurdos visto con la suficiente perspectiva. A lo mejor es porque Greg Mottola consigue convencernos de que los personajes son reales, están bien definidos y tienen todos el mismo interés, sean principales o secundarios. Es difícil no lograr identificarse con alguno o con todos ellos en una faceta u otra.

O a lo mejor es la música ochentera. Soy de un nostálgico que asusta.

¿Has visto esta comedia romántica? ¿te divirtió o la etiquetarías de otra forma? ¿Recomendarías alguna otra película de este estilo?

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